sábado 9 de abril de 2011

“Los cuerpos de los niños” 2010

Argumento y breve reseña del ciclo 2010:

Hace algunos años atrás, en mayo de 1998, Javier Aramburu participó de una mesa redonda que se realizó en la EOL, en ocasión del 50ª aniversario de la declaración de los Derechos humanos. Dijo allí que lo que los derechos humanos prohíben, sancionan, condenan, es “el goce de exterminar al Otro”, y también, “[…] al goce de aniquilar, explotar, gozar de las identidades que no son la mía […]”.1
En 1989, nueve años antes de esta intervención, se había firmado la Convención por los Derechos del Niño, ocasión en que a nivel mundial se decidió que los niños y niñas menores de 18 años precisan de cuidados y protección especiales, que los adultos no necesitan. Apuntaba, además, a que se reconociera que los niños y niñas tenían también derechos humanos.
En el marco del CIEN, hemos recorrido una y otra vez sus principios, deteniéndonos, sobre todo, en precisiones sobre su aplicabilidad efectiva. La Convención funda, con todas las letras, el derecho a la vida, la supervivencia y desarrollo, como así también que se resguarde a niños y niñas de los malos tratos y la explotación.
Una vez más, siguiendo nuestro estilo de investigación, queremos confrontar ciertas formas paradojales surgidas de la sociedad contemporánea, que hacen que ese derecho inalienable –el de detenerse ante el goce de aniquilar, herir, explotar al otro– encuentren en el campo de la infancia y de la adolescencia, formas de franqueamiento notorias.
Si, en estos tiempos, el cuerpo del otro se ha vuelto superfluo, los niños, con sus cuerpos, son también hoy la franja más vulnerable al respecto. No nos referimos solamente a los indicadores del incremento mundial del abuso infantil, la pedofilia, la pornografía infantil, el trabajo infantil, o la llamada “violencia doméstica”, sino también a las formas aparentemente “naturalizadas” de falta de cuidado, allí donde parece que se los ama, o se los espera con deseo, o se los cuida. Podemos situar el hecho de que en el interior mismo de lo familiar o de los lugares donde se los acoge y cuida, hay mucho sobre lo que no se deposita la mirada necesaria –porque la mirada está muy atraída por otras cosas que la época ofrece– y los niños, y sus cuerpos, resultan, finalmente, des-investidos.
Con este marco, los niños y los adolescentes -que ya por el hecho de ser seres hablantes tienen que afrontar el malestar y el desorden pulsional que los habita y sacude sus cuerpos- responden, con las herramientas que pueden, ante esto.
El mes de marzo albergó el inicio del Seminario “Los cuerpos de los niños”. La propuesta: explorar, con los profesionales con los que hacemos interlocución, las formas de respuesta que podemos detectar ante lo que afecta a los niños y adolescentes, sin saber qué hacer con sus cuerpos: movimiento, inquietud, marcas en el cuerpo, heridas, huidas, aislamiento. Testimonian del desarraigo, de la inseguridad que experimentan –es una buena ocasión para dar otros sentidos posibles a este término.
Seguimos así, una secuencia en relación con los seminarios de años anteriores: la caducidad de ciertas formas de referencia no impacta solo sobre las identidades y nominaciones, sino que se expresa con efectos sobre los cuerpos.
En esta nueva trama, el recorrido se inauguró junto a Michel Foucault y un minucioso recorrido en torno a la práctica del “cuidado”. Al tiempo que asistimos a la emergencia de los cuerpos una pregunta precisa se torna necesaria: ¿Qué se cuida hoy? ¿Qué valor adquiere el cuidado en cada sociedad y en cada época?
El advertir efectos de la sociedad contemporánea conduce a interrogar el empuje a la violencia, y cuestionar a dónde lleva la civilización el respeto de los cuerpos. El cuerpo de los niños se presenta en este contexto en el lugar de respuesta sumamente ruidosa y sin velo.
Hablar de una época determinada, invita a visibilizar cuál es la concepción de la vida que la habita, y que conlleva una singular noción del tiempo y del espacio. Transitamos así por el “vértigo inmóvil” a que invita esta época, vértigo en que la virtualidad -cada vez más animada- exige como condición un cuerpo sosegado. Empuje al inhumanismo, a los cuerpos perfeccionados por la ciencia, e incluso sustituidos por ella ¿Qué consecuencias acarrea en el cuerpo de los niños?
El mes de octubre nos encontró recorriendo los discursos de la historia, la sociología de la infancia y las presentaciones actuales de los cuerpos de los niños, para situar desde allí algunas coordenadas ante las transformaciones vertiginosas a las que asistimos. ¿Qué nos dice hoy el cuerpo del niño? El cuerpo no obedece, se descoloca, nos descoloca. Niños cuyos recursos no se sostienen en el tiempo, son frágiles, se desvanecen. Finalmente, de la mano de la historiadora Arlette Farge nos sumergimos en la concepción de los cuerpos como resistencia al poder, de qué manera el cuerpo resiste y se expresa.